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Úrsula Una amiga mía me regaló una vez una gata. La llamé Úrsula. Úrsula era mi primera mascota en casi 10 años. La noche que mi amiga me la dió, fui a la tienda de mascotas a comprarle todo lo que necesitaba: un plato para agua y comida, una caja de arena, dicha arena y un cucharón, un poste para afilarse las uñas y comida para gatos. Llevaba un año viviendo por mi cuenta. Úrsula era mi única compañía. Cada mañana antes de ir a trabajar, ponía suficiente comida y agua en su plato y la dejaba dentro del departamento. Siempre me maullaba cuando cerraba la puerta. Una vez, mi vecino de al lado me preguntó qué era ese ruido que se oía en mi departamento. Cuando le expliqué, mencionó que el reglamento del conjunto decía que no se permitían las mascotas. Poco después, le pregunté a mi casera si podía quedarme con Úrsula. Dijo que mientras ninguno de los vecinos se quejara, podía quedármela. Tenía una novia en la Ciudad de México en aquel entonces. Le había estado pidiendo que viniera a visitarme a los Estados Unidos. Estaba a punto de aceptar cuando mencioné que había traido a Úrsula a casa. Mi novia era alérgica al pelo de gato. Le devolví Úrsula a la amiga que me la había dado. Le dí todos los accesorios que había comprado. Dejé a mi novia meses después. Nunca vino de visita. Nunca regresé por Úrsula. |